sábado, 19 de julio de 2025

SER ACTOR

El Privilegio de Ser Actor: Más Allá del Escenario y la Pantalla





Ser actor es mucho más que memorizar guiones o representar emociones frente a una cámara o sobre las tablas. Es una vocación, una forma de vida, una entrega constante al arte de contar historias humanas. Si bien el camino de la actuación suele estar lleno de desafíos, también ofrece beneficios, satisfacciones y ventajas que solo quienes se atreven a vivir esta profesión pueden comprender plenamente.


1. Explorar la condición humana


Uno de los mayores privilegios de ser actor es la posibilidad de explorar la complejidad del ser humano. Cada personaje es una ventana a otra vida, otra realidad, otra forma de ver el mundo. El actor se convierte en un puente entre el público y las emociones universales: el amor, el miedo, la ira, la esperanza. Esta constante exploración enriquece no solo la carrera, sino también la vida personal del actor, que se vuelve más empático, sensible y abierto a realidades distintas a la suya.


2. Vivir muchas vidas en una sola


Mientras otras profesiones pueden volverse rutinarias, la actuación ofrece una variedad interminable de experiencias. Un día puedes ser un médico, al siguiente un asesino, un rey, un campesino, una madre soltera, un dios griego o un soldado en la guerra. Cada personaje es una nueva aventura, y con cada proyecto se abre una puerta a una vida distinta. Esto brinda una sensación de libertad y creatividad que pocas ocupaciones permiten.


3. Impacto en el público


Tanto en el teatro como en el cine, los actores tienen la oportunidad de conmover, provocar reflexión, entretener o incluso inspirar a miles de personas. La satisfacción de ver a un espectador emocionado, riendo, llorando o reflexionando gracias a tu interpretación es una de las más gratificantes recompensas del oficio. El arte actoral tiene el poder de transformar miradas, romper prejuicios y generar conciencia.


4. El poder del trabajo en equipo


Ser actor también implica aprender a trabajar en conjunto, a confiar en otros actores, en directores, en técnicos. Ya sea en una producción cinematográfica o en una obra teatral, la actuación fomenta la colaboración, la escucha activa y la construcción colectiva. Esta dimensión humana del trabajo crea vínculos profundos y duraderos con colegas, y enseña humildad y respeto por el arte de los demás.


5. Una vida fuera de lo común


La actuación permite a quienes la ejercen vivir experiencias únicas: rodajes en lugares remotos, presentaciones en grandes teatros, participación en festivales, entrevistas, reconocimientos, aplausos. Si bien no todo actor alcanza la fama, sí es cierto que el oficio ofrece momentos intensos e irrepetibles que enriquecen el alma. Hay una adrenalina única en pararse frente a un público en vivo o en ver tu rostro proyectado en una sala de cine.


6. Crecimiento personal constante


Cada personaje exige investigación, introspección y superación de límites. El actor está en constante aprendizaje: estudia, observa, entrena su cuerpo y su voz, se transforma. Esta búsqueda continua convierte a la actuación en una escuela de vida. Además, fortalece la autoconfianza, el dominio escénico, la creatividad y la capacidad de adaptación ante cualquier circunstancia.



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En conclusión


Ser actor no es una carrera fácil, pero es una de las más ricas en experiencias, satisfacciones y lecciones de vida. Ya sea sobre un escenario en penumbra o frente a una cámara en silencio, el actor tiene la dicha de ser espejo de la sociedad, canal de emociones y constructor de sueños. En un mundo donde a menudo se valora lo inmediato y lo superficial, los actores nos recuerdan el valor de sentir, imaginar y conectar.


Ser actor es, en definitiva, un acto de amor por la vida misma.

miércoles, 16 de julio de 2025

La Preparación Eterna

 La preparación eterna:  

el oficio del actor de cine y teatro

Por Robert Prado




Ser actor no es simplemente pararse frente a una cámara o subir al escenario y recitar líneas con emoción. Detrás de cada interpretación memorable hay años de trabajo invisible, de formación constante, de introspección profunda. La carrera del actor es, en esencia, una escuela que nunca termina. Desde los primeros talleres hasta las tablas más prestigiosas o las grandes producciones cinematográficas, la preparación del actor es un proceso de transformación continua.

En el caso del teatro, el actor debe dominar la presencia escénica, la proyección de la voz, el control del cuerpo y una conexión auténtica con el aquí y ahora. El escenario no permite repeticiones ni ediciones: exige verdad en cada instante. Por eso, la formación teatral suele comenzar desde lo físico, con técnicas que van desde la biomecánica de Meyerhold hasta el entrenamiento vocal de Linklater. Cada escuela, cada método, aporta al actor herramientas para habitar personajes de forma integral.

En el cine, en cambio, la actuación se vuelve más íntima, más contenida. La cámara capta hasta el más mínimo parpadeo, por lo que el actor debe aprender a contener la emoción sin perder su fuerza. Aquí entran en juego técnicas como las del “método” de Lee Strasberg o el trabajo sensorial de Stella Adler. Pero también hay que desarrollar habilidades técnicas: entender los planos, los tiempos de rodaje, la relación con el equipo. El actor de cine no solo interpreta, también se adapta.

A lo largo de su carrera, un actor comprometido se vuelve una suerte de investigador del alma humana. Debe estudiar psicología, historia, filosofía, literatura… todo lo que nutra su capacidad de representar verdades humanas. No basta con “hacer de…”; hay que “ser”. Esa búsqueda implica formación constante: nuevos talleres, lecturas, práctica actoral, observación del entorno. Un buen actor jamás se da por terminado.

Lamentablemente, en muchos contextos —como ocurre en Bolivia— aún se subestima el oficio del actor. Se lo considera un hobby, una afición bohemia o una simple búsqueda de fama. Se olvida que detrás de una interpretación que conmueve hay años de esfuerzo, frustraciones, sacrificios y una preparación tan rigurosa como la de cualquier otro profesional. Ser actor es una forma de vida que exige disciplina, entrega emocional, y sobre todo, humildad para seguir aprendiendo.

El actor de teatro y el actor de cine tienen caminos distintos, pero comparten una raíz común: la pasión por contar historias. Y esa pasión solo se sostiene con una preparación constante. Porque en el fondo, actuar no es fingir. Actuar es descubrir, comprender y compartir la complejidad de lo humano.

Y eso, nunca termina.


lunes, 14 de julio de 2025

Actuar en Silencio

 Título: "Actuar en el Silencio: La Injusta Invisibilización del Talento Boliviano"

Por: Robert Prado


En Bolivia, ser actor o actriz no es sinónimo de glamour, estabilidad ni fama. Es, más bien, un acto de resistencia. En un país donde el arte se consume bastante pero rara vez se valora en su origen, los actores bolivianos enfrentan un panorama desolador: precariedad laboral, escasa visibilidad, y una sociedad que aún no reconoce la importancia cultural y emocional de su trabajo.


El arte escénico en Bolivia —ya sea en teatro, cine o televisión— ha sido históricamente marginado. A pesar de contar con profesionales talentosos, formados en instituciones serias dentro y fuera del país, el reconocimiento es casi inexistente. 

No existen suficientes políticas públicas de fomento a las artes, los fondos para producciones nacionales son limitados, y el trabajo actoral se considera un hobby o un "pasatiempo" antes que una profesión digna de respeto.


¿Cuántos bolivianos pueden nombrar a cinco actores nacionales contemporáneos? ¿Cuántos saben que detrás de una escena de dos minutos hay horas de ensayos, estudios, emociones trabajadas y entrega personal? Lo que para el público es entretenimiento, para los actores es una vocación que exige cuerpo, mente y espíritu. Y, sin embargo, se les paga tarde —cuando se les paga—, se les promete visibilidad y se les da anonimato, se les aplaude en funciones vacías.


Es cierto que Bolivia ha dado pasos importantes en el cine, con películas que han llegado a festivales internacionales. Pero incluso en esos momentos de gloria, rara vez se reconoce a los actores como parte esencial del éxito. El crédito va al guion, al director, a la historia. El rostro que emociona al espectador, la voz que da vida al drama, se queda en el olvido.


¿Y qué decir del teatro? Sobrevive con esfuerzo en salas autogestionadas, sin apoyo estatal verdadero ni plataformas de difusión. Los actores montan sus propias obras, venden sus propias entradas, arman escenografías, todo por el simple anhelo de seguir creando. Muchos terminan renunciando, no por falta de talento, sino por hambre, por frustración, por abandono.


La crítica va más allá del Estado. Es también una llamada de atención a la sociedad. Actualmente se valora más a un influencer extranjero que a un actor ó una actriz local. Llenamos salas de cine con películas de Hollywood mientras ignoramos producciones bolivianas. Nos reímos con comedias populares, pero no nos detenemos a pensar quién está detrás de ese humor, ni qué esfuerzo implica hacerlo bien.





Está desvaloración al trabajo del actor viene desde dentro de la misma comunidad artística donde directores de tetro y productores y directores de cine no pagan a sus actores por su trabajo, desprecian el tiempo, esfuerzo y dedicación de personas que han sido pieza clave dentro de la obra de tetro, cortometraje ó película de cine, el trabajo del actor y actriz es un trabajo que exige mucho esfuerzo y debe ser valorado.


Valorar a los actores no es solo pagarles lo justo. Es incluirlos en las conversaciones culturales, apoyar sus proyectos, enseñar en las escuelas quiénes son, ir a sus funciones, difundir su trabajo. Es entender que sin ellos no hay identidad, ni memoria, ni emoción colectiva. Que su arte también construye país.


En Bolivia los actores tienen que trabajar gratis en la gran mayoría de los casos, y eso es comprensible en un cortometraje que por lo general no se hace con fines comerciales, pero... si haces una obra de teatro ó una película de cine donde la entrada es pagada no se puede ser tan miserable de no pagar a los actores por su trabajo.


Mientras sigamos tratando a los actores bolivianos como prescindibles, seguiremos siendo un país que no se conoce a sí mismo, que no valora su propio reflejo en el escenario.

Y eso, talvez sea el drama más triste de todos.